Pinochet y el mal radical en las escuelas de Chile

Se trata de más de 30 mil archivos que van desde el año 1982 al año 1988, se trata de apoderados o de docentes que delatan a otros chilenos en sendas cartas enviadas al mismo Pinochet, se trata del intento de formar la conciencia de miles de jóvenes en los contenidos afines al régimen, se trata de que el Ministerio de Educación tenía una Oficina de Seguridad que se comunicaba directa y diariamente con la Central Nacional de Informaciones (CNI).

por Jaime Retamal, El Mostrador, 10.07.2013

No es posible pensar que una sociedad ha sido salvada si convive en el proceso de su refundación con el mal radical. A eso no es posible llamarlo ‘democracia’ y menos, a quienes la dirigen, ‘gobernantes’. Sin embargo, Chile vivió una experiencia de mal radical, hace ya 40 años, y hubo quienes nombraron a eso ‘democracia’ o a quien la dirigía ‘Presidente de la República’. Es más, hubo quienes en el uso óptimo de su racionalidad escribieron una Constitución (llamándola así ‘Constitución’), diseñaron un nuevo orden socio económico y delinearon con sus propios términos un nuevo orden moral aunque mientras tanto –lo enfatizo- convivían con el mal radical.

Este mal radical no puede ser pensado como un ‘anexo’ de la dictadura de Pinochet, sino como una condición absoluta y necesaria para que el nuevo orden fuese precisamente eso, un nuevo orden: no es el poder de la dictadura el que configuró todo desde cero, sino su violencia. El poder es a la política, como la violencia al mal radical; y en esa dictadura lo que hubo fue ausencia y negación de Política.

Hace un par de semanas el periodista Mauricio Weibel liberó una serie de antecedentes sobre la dictadura vinculados al mundo escolar francamente impactantes. Nos hablan de que también en escuelas y liceos se justificó de múltiples formas y figuras la presencia de la dictadura. Dónde la novedad, es lo que  puede preguntar un desprevenido, si resulta  del todo obvio y normal que una dictadura –si es tal- controle a todos los individuos y a todas las instituciones ¿Es que la escuela es una especie de lugar sagrado que no puede ser profanado por la infame violencia de una dictadura.

Resulta del todo evidente que este personaje desprevenido o confunde un correcto estado de derecho con uno de excepción dictatorial, o justifica (lo que lo haría un cínico) desde una mentalidad absoluta y fundamentalista lo injustificable, o simplemente ha configurado como normal algo que nunca puede ser considerado como tal. En cualquiera de los tres casos, si alguien cree normal que la escuela no es un lugar sagrado ante una dictadura como la de Pinochet, eso no es sino expresión -consecuencia- del mal radical que se instaló en Chile como fundamento del nuevo orden -insisto- social, económico, cultural y a la postre moral y político.

Mauricio Weibel  lo que ha hecho es inaugurar, o mejor dicho, despertar un pensamiento que debe ser tomado en serio hoy a 40 años del Golpe militar en Chile: a saber, que la escuela, que el mundo y el espacio vital de profesores y estudiantes, también fueron sometidos e instrumentalizados por el mal radical de la dictadura de Pinochet.  Lo que ha revelado Weibel no se trata simplemente de aquello que ya todos conocemos y es prácticamente parte de la nueva conciencia histórica de toda una generación de jóvenes,  que la dictadura transformó al sistema educativo en uno de corte neoliberal condenando a miles de familias al marasmo de la mala educación; no, se trata más bien de algo nuevo e inquietante: se trata de la dictadura adentro de las escuelas espiando a estudiantes y a profesores, se trata de más de 30 mil archivos que van desde el año 1982 al año 1988, se trata de apoderados o de docentes que delatan a otros chilenos en sendas cartas enviadas al mismo Pinochet, se trata del intento de formar la conciencia de miles de jóvenes en los contenidos afines al régimen, se trata de que el Ministerio de Educación tenía una Oficina de Seguridad que se comunicaba directa y diariamente con la Central Nacional de Informaciones (CNI) a través de memorándums ‘informativos’, se trata al fin de una coordinación inteligente, racional, sistemática y metódica sobre la base del mal radical que sustentó todo el quehacer vital de la dictadura –ahora, eso sí- dentro de las escuelas, dentro las aulas y lo que es más inquietante dentro de las conciencias de miles de jóvenes. Es el mal radical hecho cuerpo, encarnado, en miles de decisiones de individuos que convencidos fueron capaces hasta de rasgar el velo de lo sagrado y penetrar lo impenetrable… no es menor.

El Mal Radical

Richard J. Bernstein es tal vez uno de los filósofos que mejor ha pensado el mal radical en todas sus consecuencias. Investigando a tradiciones filosóficas que van desde Kant hasta Hannah Arendt ha llegado a una formulación simple y aterradora: el mal radical es hacer que los seres humanos sean superfluos como tales.  Fue Kant quien introdujo el concepto de mal radical, es cierto, pero es en el siglo XX, cuando estallan los totalitarismos, cuando mejor comprendemos sus consecuencias y sus procesos de instalación.  ¿Cómo es posible ‘hacer que los seres humanos sean superfluos como tales’? “Esto sucede –dice Bernstein- apenas se elimina toda impredecibilidad, que en los seres humanos equivale a la espontaneidad”.  El primer paso esencial es matar lo que el hombre tiene como persona jurídica; el segundo, es el asesinato de lo que el hombre tiene como persona moral; pero es en el tercer paso cuando nos encontramos cara a cara con la esencia del mal radical. Para explicarlo Bernstein cita a la extraordinaria Hannah Arendt, “después del asesinato de la persona moral y la aniquilación de la persona jurídica, la destrucción de la individualidad casi siempre tiene éxito […] porque destruir la individualidad es destruir la espontaneidad, el poder del hombre para comenzar algo nuevo a partir de sus propios recursos”.

Se trata de la dictadura adentro de las escuelas espiando a estudiantes y a profesores, se trata de más de 30 mil archivos que van desde el año 1982 al año 1988, se trata de apoderados o de docentes que delatan a otros chilenos en sendas cartas enviadas al mismo Pinochet, se trata del intento de formar la conciencia de miles de jóvenes en los contenidos afines al régimen, se trata de que el Ministerio de Educación tenía una Oficina de Seguridad que se comunicaba directa y diariamente con la Central Nacional de Inteligencia (CNI) a través de memorándums ‘informativos’, se trata al fin de una coordinación inteligente, racional, sistemática y metódica sobre la base del mal radical que sustentó todo el quehacer vital de la dictadura –ahora, eso sí- dentro de las escuelas.

Si la dictadura pudo hacer todo lo que hizo fue sobre la base de un mal radical que instaló no sólo territorial o institucionalmente, sino también generacionalmente en las conciencias, en los discursos, en sus justificaciones y argumentos racionales. Es lo que inquieta. Con ella, con la dictadura, descubrimos que en Chile también fue posible un proceso de esa naturaleza donde la violencia se disfrazó de una fría racionalidad cuyas expresiones tal vez más banales (enfatizo este tal vez) son esas cientos o miles de cartas delatoras de chilenos o chilenas contra un otro al que tal vez (lo digo de nuevo) lo habían despojado de su persona jurídica, moral y creadora. ¿Es que podemos considerar a cierto tipo de banalidades como expresiones del mal radical? Absolutamente, y quién sabe sino su peor expresión. El mal radical –banalizado- es lo peor que le puede suceder a una sociedad. La misma Hannah Arendt habló de esa banalidad y es lo que queremos enfatizar. La banalidad del mal es la peor expresión del mal radical porque tiene como agentes a ciudadanos “espantosamente” normales, ciudadanos que sin ser monstruos realizaron hechos profundamente monstruosos al entregarse por completo a la “ley del dictador”. La pregunta es evidente y la pido prestada a Arendt: ¿cómo una persona corriente y normal, que no es ni un imbécil ni un adoctrinado ni un cínico puede ser absolutamente incapaz de distinguir el bien del mal? Tal vez el más espinoso problema moral del Chile de la dictadura sea el “absoluto colapso moral” de “la gente corriente y respetable”. No hablo de los “civiles de la dictadura”, esos prohombres que gobernaron desde los ministerios o La Moneda, hablo más bien de una categoría menor de civiles, hablo de la gente común y silvestre responsable de un sinnúmero de  banalidades que hicieron del mal algo también común y silvestre. Espantosamente común.

¿Fue posible esto en Chile, fue posible desde el lugar donde se aprende lo más noble que la tradición y el saber le pueden entregar a otro hombre, fue posible desde el espacio escolar? Pues, las fuentes de Weibel que van desde el 82 hasta el 88 dicen que sí. Pero ¿es posible que lo que relata Wiebel hubiese sido practicado desde antes del 82 en Chile, eso de que había delatores o de que se formaba a cuadros generacionales infanto-juveniles leales a las justificaciones de la dictadura y su mal radical? Creo que la respuesta es completamente inequívoca y nos debiese dar que pensar. Voy a dar sólo 3 ejemplos de antes de 1982.

La delación

En Octubre del año 1973 la Directora de la Escuela Normal de La Reina Sra. Olga Rivas estaba indignada con el profesor de Educación Cívica Franklin Troncoso. Tan indignada que le escribe una carta al Subdirector Interino de la Reina en la que “comunica situación que afecta a profesor del establecimiento”. En ella la profesora relata que el profesor “se ha permitido expresar a los alumnos del curso[…] una ola de rumores destinados a crear una falsa imagen de las FUERZAS ARMADAS y del CUERPO DE CARABINEROS DE CHILE”. Este profesor relató al curso que él “había tenido la oportunidad de presenciar en un Cuartel de Carabineros […] el trato implacable para los prisioneros de la U.P., donde el personal uniformado los pisoteaba en el suelo fracturando sus miembros, aparte de otras atrocidades”. Agrega la Directora en su carta delatora que “ante tales aseveraciones, alumnas de tendencia de izquierda estallaron en llanto, mientras otros de ideas democráticas se retiraron de la sala de clases rechazando de plano tales juicios”.  No satisfecha con ello aún, la Directora remata que ese tipo de situaciones en contra del Supremo Gobierno “no es posible tolerarlas, porque las estimo de suma gravedad, para el momento de transición que vive nuestro querido Chile, me siento con el deber de comunicarla a Ud. dada su calidad de Primera Autoridad de Gobierno Interior de la Comuna, para los fines que estime convenientes”. Esta carta fue remitida al Ministro de Educación, Almirante José Navarro Tobar, quien luego de subrayar lo más relevante de la delación escribió en ella: “Conveniente pase a Inteligencia Militar”.

Usted puede ver este documento que se adjunta, así como el siguiente, no precisamente de una Directora contra su profesor, sino la de un dirigente sindical contra su sindicato. Se trata de una carta dirigida al mismo Ministro de Educación Navarro Tobar fechada el 13 de Septiembre de 1973 en la que el Consejero del Sindicato Único de Trabajadores de la Educación (SUTE) Profesor Hernán Briones Toledo, luego de manifestar su “más absoluta adhesión a los postulados que inspira la acción de la Junta Militar” y de señalar su incondicional colaboración, se permite informar algunos puntos que imponen, según su criterio, “drásticas investigaciones y severas medidas”. Los detalla: “sumarios por acción proselitista y no pedagógica de algunos profesores; investigación sobre programas que no se cumplen por criterios políticos de profesores marxistas[…]excesivas permisiones a los alumnos en el aspecto disciplinario[…]severa auditoria del SUTE; politización excesiva de la acción del SUTE, etc”. Finalmente, remata la carta afirmando: “Me consideraré afortunado de contribuir con mi colaboración en sus afanes patrióticos”.

La banalidad con la que están escritas ambas cartas me abruma. Abruma a cualquiera supongo. Me intriga ese “etc.” con el que termina el sindicalista, qué querrá decir con ello, qué se incluirá en ello, cuánto mal y cuánta banalidad en ello. Al fin ambos delatores lo que están haciendo es cumplir con su deber: burócratas de escritorio dentro de una gigantesca máquina burocrática de la muerte.

http://www.elmostrador.cl/noticias/pais/2013/07/10/pinochet-y-el-mal-radical-en-las-escuelas-de-chile/

http://www.elmostrador.cl/noticias/pais/2013/07/10/pinochet-y-el-mal-radical-en-las-escuelas-de-chile/

Leave a Reply